La riqueza de este rincón radica en su estructura de mosaico agrario. Al combinar en un mismo espacio las ruinas expuestas, las huertas de la aldea de Castro y sus praderías de ganadería extensiva, el Chao Samartín funciona como un imán para observar a las aves urbanas del medio rural y especies de campiña que dependen estrechamente de la arquitectura tradicional y de las actividades humanas del campo.
Las edificaciones del caserío, los muros excavados del yacimiento y los cercados de piedra actúan como acantilados artificiales; en ellos es habitual ver al colirrojo tizón saltando entre las estructuras o escuchar al escribano montesino en las zonas más altas, mientras el gorrión común aprovecha los aleros de casas y establos.
La actividad ganadera y las zonas cultivadas de la aldea generan una fuente inagotable de alimento. En los meses cálidos, esto se traduce en un festín de insectos que aprovechan al vuelo aviones comunes y vencejos, mientras los pequeños paseriformes se mueven entre las huertas. Además, este tapiz despejado de cultivos y pastos ofrece una visibilidad perfecta para los depredadores, convirtiendo la loma en el territorio de caza ideal para el cernícalo vulgar, al que es fácil ver suspendido en el aire «haciendo el santo» antes de lanzarse a por su presa. Aquí, historia y rutina rural dan vida a un ecosistema único.